A comienzos de semana estuve visitando a mis suegros en su casa de campo. Después de cenar cogimos unas sillas y nos sentamos en el porche a contemplar las estrellas.
Hacía tiempo que no veía el cielo así. La Vía Láctea rasgaba el firmamento y pude identificar varias constelaciones a su alrededor. Pensé en qué afortunados eran mis suegros por poder ver este cielo cada noche. Nosotros, que trabajamos en remoto y podíamos elegir donde vivir, habíamos elegido el bullicio y la contaminación lumínica de la ciudad. Me giré hacia María y dije con voz serena:
—No se puede tener todo.
Esta es una de las lecciones más duras de la vida. El darnos cuenta que, hagamos lo que hagamos y aunque logremos amasar fortunas, habrá experiencias que tendremos que dejar por el camino por haber elegido un camino incompatible.
No se puede vivir en la civilización bajo un cielo estrellado.
Y aquí viene lo duro de verdad: cuanta más libertad de decisión tenemos, más atormentados nos sentimos por las elecciones que tomamos.
Si me hiciese funcionario y me diesen la plaza en Madrid, viviría en Madrid sin plantearme demasiado otras opciones, porque no las tengo. Si, como ahora, tengo la libertad de vivir en Tokio, Bali, Valencia o un pueblo de los Pirineos, me lamentaré por las opciones no escogidas una vez me asiente.
Lugares donde vivir, parejas sentimentales, trabajos, proyectos que sacar adelante… Cuantas más opciones, más dudas, más futuros posibles, más inacción.
Es el precio de la libertad: la duda corrosiva del camino no tomado. El maldito «y si…» que te acompañará toda la vida.
Creo firmemente que una de las claves para una vida serena es saber hacer las paces con las decisiones que tomamos.
Ahora tengo un hijo y hace más de un año que no viajo. Sé que ya nada será como hace unos años, cuando cogía una mochila y me pasaba meses viajando de un lugar a otro sin conocer, muchas veces, dónde dormiría al día siguiente. En breve volveré a viajar y será diferente, será en familia. Y observaré a los mochileros con nostalgia, agradecido por haber tenido la oportunidad de haber vivido también esa etapa. Y feliz, espero, por el camino que he elegido recorrer.
Cierro la temporada —retomaré la newsletter en septiembre— con el poema más conocido de Robert Frost: El camino no elegido. Una oda a la nostalgia que acompaña las decisiones descartadas, los caminos no tomados.
Dos caminos se abrían en un bosque amarillo,
y triste por no poder caminar por los dos,
y por ser un viajero tan solo, un largo rato
me detuve, y puse la vista en uno de ellos
hasta donde al torcer se perdía en la maleza.
Después pasé al siguiente, tan bueno como el otro,
posiblemente la elección más adecuada
pues lo cubría la hierba y pedía ser usado;
aunque hasta allí lo mismo a cada uno
los había gastado el pasar de la gente,
y ambos por igual los cubría esa mañana
una capa de hojas que nadie había pisado.
¡Ah! ¡El primero dejé mejor para otro día!
Aunque tal y como un paso aventura el siguiente,
dudé si alguna vez volvería a aquel lugar.
Seguramente esto lo diré entre suspiros
en algún momento dentro de años y años
dos caminos se abrían en un bosque, elegí…
elegí el menos transitado de ambos,
Y eso supuso toda la diferencia.
Gracias por leerme. Con cariño,